“Lo que hace a un buen profesor es la calidad del vínculo afectivo que establece con sus alumnos”

Martes, Agosto 2, 2016 - 13:54
Durante 38 años de carrera profesional, la rectora del colegio de Vitacura ha sabido transmitir, tanto a los colegios que ha dirigido como a aquellos que ha asesorado, un sello basado en la formación valórica y en la confianza en las capacidades cognitivas de los estudiantes.

María Eugenia Baeza, rectora del colegio Inmaculada Concepción de Vitacura, eligió el camino de la educación como una manera de canalizar su vocación espiritual y de servicio. Cuando era alumna de enseñanza media en el Colegio de Los Sagrados Corazones, descubrió sus habilidades de liderazgo al poner su energía y talento creativo al servicio de sus compañeras, a través de su participación en el centro de alumnos, la pastoral o como presidenta de curso.
“El lema del colegio era ‘amar para servir’ y así comencé a ver la educación como una forma de construir el mundo que uno quiere. Siempre he entendido esta profesión como la mejor manera de intervenir la cultura, aportando en la formación de los jóvenes desde los valores y principios, respetando lo que cada uno es y permitiéndoles alcanzar su máximo desarrollo. La educación es la herramienta para que cada uno pueda tomar consciencia de sí mismo, de los demás y del cosmos… y así poder trascender”, reflexiona.

Aunque pensó también en seguir una carrera profesional en el área del derecho, nunca se ha arrepentido de su opción por estudiar Pedagogía en Enseñanza Básica, una carrera que le ha permitido expresar a cabalidad su forma de ver la vida, compatibilizando su fuente laboral con su espiritualidad, su vocación de servicio, su capacidad cognitiva y su creatividad para resolver problemas. “Elegí la educación básica porque es en esa etapa donde se forman los valores. Desde el nacimiento hasta aproximadamente los 12 años, tú puedes tener injerencia directa en la formación humana de un niño, para enseñarle el respeto, el amor, la solidaridad, la libertad, el poder ser y estar con otros, en un mundo donde todos tienen cabida y nadie sobra”.

Es esa mirada de la educación, como un proceso sistémico de formación para la vida, lo que ha caracterizado su trabajo en la docencia y el liderazgo directivo, durante 38 años de carrera. “Los seres humanos somos seres integrales: tenemos un aspecto cognitivo, que tiene que ver con el desarrollo curricular en las diferentes áreas del conocimiento, pero también tenemos una dimensión espiritual, una dimensión social y una dimensión individual psicológica. Todo esto es lo que nos hace ser personas y no podemos ayudar a que el otro se desarrolle, sin darle cabida a sus sentimientos y sus valores. Siempre he sido muy enfática en que no importa si tú tienes muy buenas notas, si no eres capaz de vivir con el otro en respeto y en solidaridad”.

Desde sus inicios como docente, María Eugenia se fue destacando al complementar su desempeño en aula con su formación permanente en las áreas de curriculum y liderazgo directivo. Trabajó como asesora en la UNESCO, colaborando en la creación de material didáctico sobre desarrollo del aprendizaje, y en la Vicaría de la Educación, donde comenzó a ganar experiencia en la asesoría y capacitación a equipos de gestión de colegios de diferentes realidades. “Aunque desde un comienzo me interesé por el curriculum, siempre he querido mantener un vínculo de mucha cercanía con los niños y la sala de clases, que es algo que nunca he perdido y me ha permitido entender lo que significa para un profesor la dificultad de hacer clases, además de ver cómo la cultura y la sociedad han ido cambiado en el tiempo”, afirma.

En ese camino de formación personal y profesional, realizó postítulos en curriculum y orientación, estudió Teología para laicos en Chile y en Perú, y realizó un magister en Ciencias de la Educación, en la Pontificia Universidad Católica, desarrollando su tesis en Gestión y Liderazgo Directivo. Por otro lado, también estudió diferentes herramientas de desarrollo personal y se formó como profesora de enagramas, convencida de que “para poder ayudar a otros a crecer, es necesario primero conocerse y comprenderse a uno mismo”.

Al convertirse en madre, tuvo la habilidad para equilibrar su trabajo como profesora en el colegio que la vio crecer, con su presencia constante como mamá. “Después de las tres de la tarde me dedicaba a mis dos hijos, Nicolás (31) y Lucas (25). Hoy día ellos me dan las gracias y dicen que son buenas personas porque yo les enseñé a creer y confiar en los seres humanos y en su posibilidad creativa”. Trabajó en aula y como coordinadora académica en las Monjas Francesas durante 16 años, para luego convertirse en subdirectora y finalmente en directora, cargos que ocupó durante otros nueve años. “Cuando cumplí 25 años trabajando en Los Sagrados Corazones, pensé ‘ahora tengo que mirar el mundo y contribuir desde otras instituciones’”, recuerda.

“La educación es un trabajo con otros y los triunfos nunca son personales”

El año 2006, buscando un cambio de rumbo que le permitiera seguir aportando desde su conocimiento y experiencia, dejó la rectoría de las Monjas Francesas para asumir el liderazgo de un nuevo proyecto: el Colegio Inmaculada Concepción de Vitacura. “La propuesta de EducaUC me pareció un desafío muy interesante. El colegio tenía 350 alumnos y al final del primer año ya teníamos 500. Hoy día es un colegio que cuenta con 910 estudiantes y aunque tenemos mucha demanda, la selección es muy escasa. Si hay cupo en el momento en que postulas, quedas, y si no, apenas se generan vacantes comienzan a correr las listas, por orden de llegada”.  

Tiene claro que se trata de un establecimiento “que aún puede seguir creciendo en lo pedagógico y académico”, pero se siente feliz y orgullosa de haber liderado la construcción de una comunidad en la que prima la acogida y el sentimiento de pertenencia, donde todos sus miembros se sienten cómodos y se relacionan en armonía.

“Yo diría que el mayor logro acá es que hay sentido de equipo y hay sentido de familia. Sabemos que los profesores no logramos nada, si no es con los alumnos y con los papás. Tratamos de ser una comunidad donde nos conocemos, nos queremos y nos aceptamos, y somos capaces de autocorregirnos o co-corregirnos unos con otros, para mantenernos unidos. Hemos tenido buenos logros en lo deportivo y en lo académico, pero construir un espacio como este no es fácil, implica mucha renuncia y un esfuerzo diario por mantener el colegio bonito, no desde el aspecto físico, sino que por dentro. Tú aquí lo pasas bien, aunque tengas problemas y dificultades. Los profesores se sienten contentos de estar acá y los niños vienen felices. De verdad este es un espacio distinto, puede haber mucho ruido, pero hay paz. Los niños pelean, como en todas partes, pero siempre hay una mediación pacífica de los conflictos y la lógica es lograr que todos ganemos”.

Pero el Inmaculada Concepción de Vitacura no sólo ha brillado por su ambiente de acogida y su sólida formación valórica. La gestión de calidad que ha promovido María Eugenia también ha significado reconocimientos externos, como el Convenio de Desempeño Colectivo entregado por el Mineduc durante cinco años consecutivos, en base al cumplimiento de los objetivos planteados en su plan estratégico anual. “Hacemos una planificación súper acotada de las metas y vamos demostrando con evidencias que somos capaces de lograr lo que nos proponemos. Se requiere ser muy organizado y tener claro que debe haber una estrategia. Si tú como profesor o como director esperas que todo venga dado, no hay un desafío creativo”.

Otro aspecto clave para ella es mantenerse alineados como equipo, en torno a objetivos comunes. “Es fundamental entender que la educación es un trabajo con otros y los triunfos nunca son personales. Vivimos en un mundo donde cada día se nota más el individualismo: yo primero, yo segundo, yo tercero. Los profesores tenemos que ser capaces de decir ‘nosotros’. Esto no significa que no haya diferencias, sino que nos alineamos en función de las metas comunes. Hemos avanzado mucho en lograr que los profesores, el centro de alumnos y el centro de padres se alineen en esa misma lógica. Hay que aprender a respetar las diferencias y preocuparse de las fortalezas que tiene la otra persona, no de las debilidades”.

María Eugenia asegura que lo que hace a un buen profesor, y lo diferencia de otro, es la calidad del vínculo afectivo que establece con sus alumnos, lo que le permite convertirse en alguien creíble. “Si un alumno cree en ti como docente, vas a lograr que haga el esfuerzo de llevar a cabo todo lo que se proponga”. Se trata de un vínculo que sólo es posible construir a partir de la confianza, manteniendo altas expectativas de los estudiantes. “Yo estoy abocada a tener buenos resultados y que los jóvenes desarrollen al máximo sus posibilidades cognitivas, pero tengo súper claro que eso no se va a lograr si yo no los hago conscientes de sus posibilidades. Para transmitir de verdad, tengo que creer y confiar en lo que el alumno y la persona es. Cuando el niño siente que tú crees en él, la transformación y el proceso de cambio es radical. Con amor, cercanía y firmeza, tú vas logrando que ellos se desarrollen, no sólo como personas, sino que también alcancen el éxito profesional”.

Y asegura que, a través de este estilo de comunicación con los alumnos, no sólo se logran buenos resultados académicos, sino que también un entorno de disciplina y respeto por las normas. “Nuestros niños saben que tienen que respetar las normas porque éstas nos permiten convivir bien, y casi no hay conflictos. Esto lo hemos ido logrando con un trabajo de todos, basado en la humanización. Cuando quieres humanizar y generar desarrollo humano, esto no se logra a través de lo punitivo, sino que a través del convencimiento. Se requiere de mucho diálogo y conversaciones, empatizando también en las dificultades del otro. Por eso es tan importante conocer al otro y conocerse uno mismo, para saber cómo puedes reaccionar y construir a partir de lo diferentes que somos, porque el sueño al final es construir un mundo mejor, donde todos podamos vivir fraternalmente”.

La rectora del Inmaculada Concepción se define como una persona feliz, “tremendamente satisfecha en lo profesional”, que ha podido realizarse a través de su contribución en el ámbito de la educación, tanto en los colegios en los que ha trabajado como a través de la capacitación a equipos directivos de otros establecimientos (por medio del área de Asesorías de EducaUC). Así ha podido convertirse en un agente multiplicador de todo lo que cree, asumiendo el importante rol de ‘formadora de formadores’.

Al Colegio Inmaculada Concepción ha sabido impregnarle su sello de tal manera, que hoy se identifica personalmente con este emblemático proyecto educacional. “Yo te diría que la misión de este colegio, que es educar a la luz de los valores del evangelio para que cada uno de los alumnos logren alcanzar el máximo de sus potencialidades en cada una de las áreas, a través de una gestión de calidad, es lo que a mí me define en mi esencia como profesional”.    
Y concluye: “Si tuviera que decirle algo a alguien que está empezando en el mundo de la educación, le diría que confíe en sí mismo, pero sobre todo que confíe en los demás. En un mundo en que la confianza está en crisis, yo les diría: confía en el otro, quiere al otro. Para construir un mundo más humano, más justo, más solidario, necesitas ser capaz de amar mucho, pero en el sentido de querer el bien para el otro y, de vuelta, verás que eso es también el bien para ti”.

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