“Tú logras resultados en la medida en que te conectas con tus alumnos”

Miércoles, Septiembre 21, 2016 - 12:39
A lo largo de su trayectoria, María Teresa ha sido capaz de demostrar que el liderazgo no tiene que ver con alzar la voz, sino con la capacidad para ver y escuchar al otro. Desde la sala de clases, la coordinación académica o la rectoría, ella ha sabido dejar una huella de respeto y acogida.

María Teresa Romo, rectora del Colegio El Bosque de Puente Alto, era estudiante de enseñanza media cuando descubrió, a partir de su propia experiencia como alumna, qué es lo que hace a un buen profesor. “Siempre me gustó el área científica y me iba mucho mejor en biología, física o química, pero tuve dos profesoras del área humanista que eran espectaculares y me transmitieron el gusto por la pedagogía”, cuenta. Pese a que salió del colegio en tiempos en los que no existía mayor discusión en torno a metodologías o recursos pedagógicos, María Teresa se encontró con docentes capaces de “ver a sus alumnos y encantarlos”, sin más herramientas que su propia vocación y su genuino interés por lograr que los niños aprendan.

“Eran profesoras empáticas y siempre nos miraban a medida que iban haciendo la clase, en lugar de mantener la mirada en un punto fijo. Así se daban cuenta si poníamos cara de duda o si, por el contrario, nos entusiasmaba algo. Eso hacia la diferencia y fueron ellas quienes me motivaron, sin saberlo, a seguir en la pedagogía”, recuerda. A partir de entonces, comenzó a cultivar un sello personal de sensibilidad, empatía y humildad que la ha caracterizado durante 38 años dedicados a la educación, dejando una imborrable huella de cariño en quienes tuvieron la oportunidad de aprender en sus clases. 

Aunque quedó en lista de espera en la carrera de Obstetricia en la Universidad de Chile -otra profesión ligada al servicio y a la biología- no dudó en matricularse en Pedagogía en Ciencias en la Pontificia Universidad Católica, apenas supo que había quedado seleccionada. Desde un comienzo se las ingenió para equilibrar sus estudios con sus primeras experiencias laborales en la misma universidad, como tutora de estudiantes de primer año, ayudante y finalmente como profesora instructora, enseñando ciencias a los alumnos de pedagogía en básica. “Tuve muy buenos profesores en la universidad. Los vi felices, realizados y apasionados por lo que hacían y eso reafirmó mi decisión. Fueron años muy entretenidos”, recuerda.

Al recibirse como profesora entró a trabajar al Colegio de los Sagrados Corazones de Providencia, establecimiento en el que se desempeñó durante 14 años, manteniendo su dedicación de tiempo parcial a la docencia universitaria. “Ese colegio fue una escuela maravillosa que me permitió formarme en la vida profesional, que es muy distinta a la vida intelectual de la universidad. Tenía un ambiente y una mística especial en la que siempre había alguien con más experiencia que te daba un consejo”, cuenta. Durante aquellos años se casó y tuvo a su hijo mayor, pero al llegar su segundo hijo sintió que había llegado el momento de optar entre su carrera como profesora de enseñanza media y su labor en la docencia universitaria. “Tenía media jornada en la universidad y casi una jornada completa en el colegio, lo cual era demasiado para la etapa familiar que estaba viviendo, así es que opté por seguir sólo como profesora escolar”.

Paralelamente comenzó a trabajar en un nuevo colegio: el Pucará de Los Andes, ubicado en San Carlos de Apoquindo. “Fue un proyecto que nació para acoger a alumnas que venían de colegios emblemáticos, muy exigentes en lo académico, que no encajaban en el sistema pedagógico tradicional. Eran niñas completamente normales, con grandes habilidades, pero que habían sido diagnosticadas con déficit atencional o problemas de lenguaje”. En este establecimiento María Teresa se enfrentó a un nuevo desafío: convencer a niñas que se sentían discriminadas o habían sido tildadas de “tontas” de que tenían todas las capacidades para aprender.

Durante los 19 años que se desempeñó en el Pucará (seis en paralelo con las Monjas Francesas) la docente volvió a convencerse de la importancia que tiene el estilo de trabajo del profesor en el proceso de enseñanza-aprendizaje. “Yo les hacía clases en ramos muy exigentes, como física, química y biología, lo que significaba un desafío enorme porque tenía a niñas que habían sido bloqueadas mentalmente por un sistema academicista que las dejó en el camino. Muchas de ellas habían tenido profesores que les decían, a los 12 años, que mejor no copien el ejercicio, porque ellas no podían resolverlo”.

Recuerda especialmente a una niña de primero medio que llegaba a clases y se escondía en el espacio de la chimenea, negándose a participar. Así estuvo durante dos meses, hasta que, sin presiones ni sanciones, María Teresa le transmitió la confianza para salir y disponerse a aprender. “Ella estaba enrabiada con la vida y el mundo por su experiencia escolar, odiaba al colegio y a los profesores”, recuerda.

Asegura que se trataba de niñas inteligentes, pero que necesitaban un colegio distinto, lo que la obligó a desplegar toda su creatividad. “Teníamos que planificar diferente y, sin bajar el nivel, acercarlas a algo más entretenido. El objetivo era hacerlas sentir que ellas sí podían aprender”. Para enseñar el sistema circulatorio, por ejemplo, la profesora conseguía corazones de vacuno que mostraba a sus alumnas en clases. En otras ocasiones descubrieron juntas, a través de canciones que mencionaban las diferentes partes de la célula, obras de teatro o exploración directa de la naturaleza, que las ciencias podían ser aprendidas de forma divertida.

“Aunque sepas muchísimo sobre lo que estás enseñando, todo pasa por el estilo que tengas para entregar lo que sabes. No basta con pararse al frente de la clase y hablar, sino que tiene que haber un desafío personal por transmitir de forma entretenida y creativa, sin olvidar lo fundamental, que es transmitirles a los alumnos que ellos son capaces de lograr sus objetivos”, concluye.

La receta para el éxito en la sala de clases

Además de usar la creatividad para entusiasmar a sus estudiantes, María Teresa asegura que para lograr buenos resultados en educación es necesario lograr una conexión real con quien aprende. “Más allá de las diferencias que había entre los colegios en los que trabajé, hubo un elemento en común que fue el lograr resultados en la medida en que te conectabas con tus alumnos. Podía haber una conexión desde el saber o el ámbito intelectual, pero otras veces se daba por el lado afectivo. Quizás la niña que se escondía en la chimenea entendió que los profesores no eran sus enemigos y eso le permitió aprender mucho en ciencias. Esa fue una conexión muy profunda”.

Aclara, sin embargo, que es necesario evitar que esta relación se mal entienda, lo que podría dificultar el necesario sentido de autoridad. “Esto no significa, en absoluto, generar amistad con los alumnos, porque la relación entre profesor y estudiante no es simétrica. Se puede llegar a consensos, pero debe haber también normas claras y hacer que estas se cumplan, para que exista una relación de respeto hacia el profesor. Esto, especialmente en nuestros tiempos, es un equilibrio difícil de lograr”.

La rectora enfatiza también en la importancia de saber reconocer y valorar la verdadera vocación por la docencia. “Antes estudiaba pedagogía quien realmente quería ser profesor, pero hoy tú te encuentras con personas que eligieron esta profesión porque era una opción que les entregaba el medio, y nadie puede transmitir algo bueno si no es feliz con lo que hace. No hay manera de enseñar bien sino es desde la vocación y el disfrute. También hay docentes que son muy buenos en su especialidad, pero no en la enseñanza, porque hoy en la universidad se estudian muy pocos ramos de pedagogía y el resto es pura especialidad, llegando a un nivel tan elevado que no sirve para enseñar en el colegio”. 

Por último, María Teresa asegura que no se debe dejar nunca de lado el ámbito formativo. “Yo tuve la suerte de que mi asignatura estaba muy relacionada con cosas de la vida misma, lo que me permitió formar en valores, sin quedarme sólo en el aspecto técnico.  En este punto es importante respetar los lineamientos valóricos de cada colegio, que en mi caso han sido católicos. En otras ocasiones me tocó también acoger y aconsejar desde lo íntimo, con alumnas que compartían temas o situaciones más personales”.  

Dejar la sala de clases y conocer otra realidad

El año 2003 María Teresa Romo fue invitada a formar parte del equipo directivo y fundador de otro nuevo proyecto educativo: un colegio de gran vulnerabilidad social. Por primera vez dejaba el aula para asumir labores de gestión pedagógica, en el cargo de coordinadora académica.

“Fue una experiencia maravillosa, pero muy fuerte al principio, porque siempre había trabajado en colegios de otra realidad. Teníamos 600 niños, de los cuales 400 llegaban a clases sin haber tomado desayuno. Yo no tenía la experiencia de vida y era muy ingenua. Me decían que les dolía la guatita y yo pensaba ‘habrá comido algo que le cayó mal’. Esos primeros meses yo llegaba a mi casa y me sentaba a llorar. Tuve reacciones que no correspondían, como pasarles plata para que se compraran un sándwich”, recuerda.

Después se hicieron las gestiones para entregar servicios de alimentación “y empezamos a avanzar en un trabajo muy lindo. En ese colegio yo me sentía como orientadora. Incluso cuando llegué a ser subdirectora me tocaba todo lo emocional, atendía a los alumnos que tenían alguna situación de vida complicada o a los apoderados que querían plantear sus problemas económicos. Muchas veces eran los abuelos quienes educaban a los niños, porque los papás no estaban o las mamás trabajaban puertas adentro. Era como una terapia, se desahogaban conmigo, se sentían acogidos y se iban felices. También crecí harto en el tema de la gestión académica”, recuerda.

El año 2008 sintió que ya estaba cerrando un ciclo en ese colegio y, tras escuchar sobre EducaUC, decidió postular al cargo de coordinadora de enseñanza media en el Colegio El Bosque de Puente Alto, el cual dirige hoy. Así fue como se integró al que recuerda como “un súper buen equipo”, que durante esos días era liderado por Ana María Sánchez (actual rectora del colegio San Francisco de Paine). Llevaba sólo un año trabajando en el establecimiento cuando la citaron a una reunión con el entonces gerente general de EducaUC, Alexis Camhi. “Quiere conocer a todos los coordinadores y va a comenzar por usted”, le dijeron como única explicación. “Tenía mi currículum sobre la mesa y me preguntó muchas cosas, pero no me di cuenta de nada hasta que llegó la señora María Domeyko (directora académica de EducaUC) y me propusieron asumir la rectoría del colegio San Francisco”, recuerda.

Había sido elegida por su habilidad para combinar un trabajo bien organizado con su inigualable espíritu de acogida. “Yo nunca busqué este cambio y no estaba en mis planes ascender, pero agradezco a la vida porque siempre hubo gente que supo verme. Se me fueron ofreciendo oportunidades y yo las tomé”.

Su particular estilo de liderazgo directivo

El año 2009 María Teresa llegó a Paine para liderar un importante cambio de rumbo en el colegio San Francisco. Que recién se integraba como uno de los colegios con Sello EducaUC “Era un panorama difícil porque había mucha gente descontenta y se respiraba incertidumbre, por lo que había que entregar seguridad y confianza a los papás, los niños y los profesores. Pero armamos un equipo que era y sigue siendo espectacular; personas con talentos, competencias y un espíritu de acogida, que en ese momento fueron clave”. Tuvieron la capacidad para comunicar efectivamente que no venían a cambiar la esencia del colegio, pero que sí era necesario “ordenar la casa”. Al poco tiempo la comunidad entendió y acogió ese mensaje, valorando el aporte entregado por el nuevo sostenedor. Durante los cinco años que duró su gestión, el colegio se posicionó académicamente en su comuna, sin necesidad de dejar de lado su identidad y tradición como proyecto educativo. 

Finalmente, el año 2014 María Teresa Romo vuelve al Colegio El Bosque, esta vez como rectora. “Mi nueva etapa acá ha sido una experiencia bonita, pero al mismo tiempo un desafío grande, porque pasé de dirigir un colegio de 350 alumnos a uno que tiene casi 900”. De su actual gestión ella destaca el haber mejorado el desempeño académico y deportivo de los alumnos, así como también el haber logrado unir equipos y consolidar un sentido de cohesión y espíritu de comunidad. “Hay una muy buena relación entre el equipo de profesores, tanto docentes como paradocentes y auxiliares, la dirección, el centro de padres y el centro de alumnos. Existe confianza y la gente se siente respaldada. Los niños son agentes activos y críticos dentro de esta comunidad, tienen opinión. Entonces, todo eso te permite entender que, si bien la educación en general está pasando por una crisis, lo que uno hace ha sido bueno”.

Al reflexionar en torno a las claves para lograr una gestión directiva exitosa en el entorno escolar, María Teresa tiene las cosas claras. “El trabajo en equipo es muy importante. Uno tiene que dirigir, pero tiene que dejar ser a las demás personas, para que todos hagan su aporte y pongan su sello.  Por otro lado, también tenemos la responsabilidad de formar al equipo en una mirada y un lineamiento bien definido, porque todos somos distintos, pero tiene que haber un sello en común. Tenemos que mostrarnos hacia la comunidad con un estilo y una esencia definida”, comenta.

Y en ese difícil equilibrio entre empoderar a las personas y alinear al equipo en su conjunto, ha sido muy beneficioso su particular estilo de liderazgo. “Muchas veces me han criticado por ser bajo perfil y por no mostrar mis logros, pero creo que eso me ha ayudado en mi gestión profesional. Jamás le he llamado la atención a un profesor en público, porque uno tiene que dignificar a las personas y mi cargo no implica que yo pueda poner el pie encima. Creo que esa cosa tranquila mía ha permitido que los equipos se cohesionen y logren funcionar más alineados”.

Finalmente, para liderar desde el respeto ella asegura que es necesario “ver con el alma” a las personas con quienes se trabaja. “Si tú eres profesor y no ves a cada uno de tus alumnos en su particularidad, no vas a ser capaz de sacar lo mejor de ellos. Pero creo que eso se aplica también a todas las profesiones. Siempre es importante ver y mirar a los otros, porque eso va a establecer un lazo. Los niños se dan cuenta, así como también los papás, los profesores, los hijos. Por eso yo siento que la educación es como la vida misma… Si tú me preguntas cómo ha sido mi vida, yo te diría que definitivamente he tenido muchas cosas lindas y positivas. Lo negativo ha sido muy poco”, concluye.

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